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El retorno de la tierra de gracia       Ricardo Gil Otaiza

Viernes, Enero 31, 2014
  • Opinión

Observo con angustia cómo en la medida en que avanza la crisis nacional, en la misma proporción se apagan las emociones entre nuestros muchachos, como si una tormenta de frustraciones e incertidumbre se hubiese instalado en sus corazones, para negarles a lo que tienen pleno derecho: la construcción de sus sueños.

Mi área disciplinar académica se mueve básicamente entre las ciencias naturales y las ciencias de la salud (aunque eche mano de las ciencias sociales y de las humanidades), pero ello no es excusa para ir a la clase con inmensas anteojeras, que me impidan ver y mostrarles a mis alumnos la dura realidad de nuestro país, y del mundo que nos rodea. Considero que como profesor es mi deber buscar en mis alumnos el despertar de la conciencia, el azuzar la comprensión epistémica en lo concerniente a la asignatura en particular (transijo), pero también (o sobre todo) insertarlos en una visión que les permita otear su desarrollo futuro desde lo ontológico como praxis de vida.

No soy de los que acostumbran a cortarles las alas a los jóvenes; o de pintarles un horizonte nublado que los incite a plantearse la huida en pos de "un algo mejor" un hipotético y fantasmal. Si bien busco que ellos pongan los pies sobre la tierra, en su realidad conflictiva, plena en contradicciones, agotadora y asqueante hasta la náusea, me empeño sobre todo en regar con mis palabras (pero sobre todo con mi ejemplo) esa tierra abonada que en algún momento comenzará a dar frutos.

Soy optimista, pero hasta cierto punto. No deseo pasar por iluso (tal vez por idiota). No me caigo a mentiras para ocultar ante mí mismo la complejidad de un existir, que lacera nuestros sentidos hasta hacernos sentir miserables e impotentes frente a variables que escapan de control (por lo menos algunas de ellas). Empero, a pesar de todo esto, y de las noticias de las páginas rojas, y de lo que veo en las calles, y de las voces agoreras que salen por doquier a pronosticar la hecatombe final y el Armagedón, considero que podemos empezar a construir el país anhelado desde la fuerza inconmensurable de nuestros jóvenes. Matar en ellos la esperanza es cortar los hilos sutiles que nos halan por ley universal hacia el futuro; es cercenar como criminales esa llama que llevan en sus corazones y que los impele con decisión a trabajar en la conquista de sus sueños.

        Por desgracia, mi generación está a punto de caer abatida frente a la realidad política, económica y social que impera en la nación, pero esto no debe ser excusa para echarnos a llorar y colgar la toalla, o renunciar a nuestros principios y valores que desde siempre dieron fortaleza a nuestras acciones. Se podrá perder una y mil batallas, pero la "guerra" no; es más, deberá ser para nosotros el escenario ideal para poner en juego nuestras fortalezas y demostrar al mundo (y a nosotros mismos), lo que somos capaces de hacer para conquistar los más caros anhelos. Nos corresponde, eso sí, preparar a los jóvenes desde nuestra experiencia para que abran los ojos, para que asuman sus responsabilidades y sus propios riesgos, para que tomen el control de sus vidas y se levanten por sobre las medianías de su realidad, y la transformen. Como padres y como maestros tenemos por delante la ingente tarea de formar a las nuevas generaciones, a los cuadros emergentes que tomarán en sus manos las riendas del país para hacer de él espejo de justicia, de tolerancia, de respeto, de equilibrio y de confraternidad. Es clave --eso sí- que nuestros muchachos no abandonen el barco, no se marchen de su país para que hagan de él un espacio propicio para la mejor de las cosechas: el retorno de la tierra de gracia. 

@GilOtaiza

rigilo99@hotmail.com